METABOLISMOS




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Presentaciones:
Manja / Lisboa / 2026
Leah / Ciudad de México / 2026
Composición
¿Por qué insistimos en proyectar futuros diferentes? ¿Qué significa realmente habitar el presente si se basa completamente en una concepción del pasado y en una previsión del futuro? El presente es catalizador de la memoria y del anhelo, es tanto una realidad como una ilusión, es un momento en el que imaginamos basándonos en lo que recordamos, donde sentimos lo que en algún momento fue y lo que puede ser. Es un momento de transformación, una metamorfosis que no ofrece una forma definitiva, que implica aceptar lo que ya no es y lo que aún no sabemos nombrar. No percibimos la naturaleza tal y como es, sino como hemos aprendido a verla; la crisis ecológica es epistémica más que ambiental.
Dentro de este nuevo imaginario, se sugiere la vida a través de la forma, donde se representan objetos reconocibles, interacciones entre formas que sugieren momentos de transformación, de metabolización, de consumo, extracción y vida. Dentro de este espacio, no es evidente quién consume a quién; se observa cómo la vida transforma, cómo consume, sin juzgar a los actores, sin preferencia por diferentes naturalezas. La obra permite un momento que parece estar sucediendo ante nuestros ojos, atrapado en un momento incómodo entre la creación y la destrucción. Afronta un momento en el que obstruye el camino de la indiferencia y permite la reflexión sobre nuevas ontologías de la vida y la naturaleza.
Me di cuenta por primera vez, por muy obvio que sea, de lo similar que es nuestro esqueleto al de otros seres ahora extintos. La existencia de la humanidad parece tan
sensible a los sutiles cambios en nuestro entorno como la de otros seres que habitaron este territorio antes que nosotros. Estamos rodeados de ironías materiales que revelan lo absurdo que es el sistema que hemos creado. Transformamos productos petroquímicos de origen fósil en pequeños juguetes de dinosaurios que se venden por unos pocos euros. Tenemos la capacidad de ser tan cínicos que nuestra propia extinción parece estar totalmente normalizada por los medios comerciales.
No concebimos nuestro fin como una realidad, y es difícil pensar que las cosas van a terminar cuando construimos un futuro tan próspero y duradero en nuestro imaginario colectivo. Estos futuros tan prometedores, más que utopías, se han convertido en ficciones compartidas y narrativas hegemónicas. Es un sistema de creencias que define nuestra relación con nuestro entorno, y nuestra salvación tiene un costo.
Durante mucho tiempo me pregunté cómo sería un sistema metabólico orgánico-industrial. La respuesta ya existía alrededor de cada ciudad, en forma de fábricas que parecen ser algún tipo de intestino u órgano que procesa materiales orgánicos. Hemos construido todo un sistema de maquinaria para procesar los materiales que
extraemos, para transformarlos y, posteriormente, descartarlos. En este sentido, me parece relevante utilizar el cuerpo como un instrumento digestivo para comprender
con el cuerpo y no con la mente. Se convierte en un proceso de comprensión metabólica, no intelectual, en el que comprender es parte del deshacer y no del conservar, es destruir para ser. Dejamos de controlar cómo mirar y la obra pierde el control, pasa a ser digerida y descartada. Las ideas, por más inmateriales que parezcan, no nos atraviesan intactas.

